Tradición

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “opinión”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

He de reconocer que, en el terreno de las artes marciales, una de las palabras que de forma constante me ha producido más grima es “tradición” y, por ende, el adjetivo “tradicional”. Las cosas se hacen de tal guisa porque lo marca la “tradición”, este ejercicio se ejecuta de cual forma porque es lo “tradicional”, nos movemos de este modo porque lo estipula desde siempre la “tradición”… y así hasta el infinito. En muchos casos, creo sinceramente que este apego casi fanático a antiguas usanzas no tiene otra razón de ser que ocultar muchas de las carencias, en habilidades o conocimientos, de quienes defienden esos hábitos ancestrales con una convicción digna de mejor causa… sin saber justificar por qué se hace así más allá de un machacón por reiterativo “porque es lo tradicional”. Y con tan paupérrima explicación se dan por más que satisfechos. Eso puede estar bien cuando uno se limita a seguir con la devoción de un acólito a un “guía”, un “líder”, un “caudillo”: no se cuestiona, no se duda, no se objeta ni hace falta demostración empírica alguna más allá de “porque lo dice el maestro”… si bien no creo que sea la postura más inteligente o adecuada cuando lo que practicamos son unos sistemas que, en todo momento, se han distinguido por su probada eficacia a la hora de la verdad. Pues lo más triste, a mi parecer, es que los devotos del sacrosanto grial de los hábitos venerables se suelen circunscribir a lo más accesorio, a los oropeles, en lugar de a lo que de verdad debería ser el único acervo incuestionable de cualquier práctica marcial que se precie: sobrevivir a toda costa y salir airoso, lo mejor parado posible, de enfrentamientos, coyunturas y trances que comprometan nuestra integridad física, la de nuestros seres queridos… u otros inocentes, si somos tan altruistas como para incluirlos asimismo en esta reducida lista. Como dicho así a algunos, de manera muy particular a los más apegados a artes marciales sustentadas, cimentadas y apuntaladas precisamente en su “tradición”, les pueden sonar estas afirmaciones casi a herejía, paso a explicar de forma un poco más detallada mi punto de vista.

En cierta ocasión, me comentaron que fue el fundador del Kenpo Karate americano, Edmund Kealoha Parker, quien pronunció una frase que, desde el mismo momento en que la oí, me pareció sumamente acertada: “Cuando la tradición es ilimitada, el conocimiento es limitado; cuando la tradición es limitada, el conocimiento es ilimitado”. Ampararse en la tradición para no investigar, experimentar o poner en tela de juicio lo que recibimos, por mucho respeto que nos merezcan nuestros instructores, se me antoja autolimitar nuestro crecimiento y nuestra capacidad crítica. Si hay algo por lo que se han caracterizado desde siempre los mejores enseñantes de métodos de combate es por impeler a sus alumnos hacia el conocimiento de otras perspectivas, instándoles y animándoles a entrenar y aprender de otros profesores, a pensar por sí mismos, a tener sus propias ideas y defenderlas con convicción incluso aunque no coincidan con las suyas propias, a no creerse ciegamente ni siquiera lo que ellos mismos dicen, a no tomar sus palabras como ley y seguirlas con la obcecación de tiernas ovejitas en pos de su pastor. Cuando alguien pide a sus alumnos una observancia rígida de sus puntos de vista, un fervor hacia su persona rayano en la adoración, y una inquebrantable adhesión a sus ideas y métodos que castiga con el ostracismo o directamente la expulsión de la escuela a quien se atreve a no comulgar con sus tesis… malo. Tal endiosamiento no suele ser precisamente una característica que engrandezca en demasía a quien la detenta, sino antes bien al contrario. Hace sospechar que ha caído en un mal que, por desgracia, suele ser bastante común entre quienes se dedican a la docencia en el campo de las artes marciales: el mesianismo. Y un instructor mesiánico es, en mi opinión, alguien de quien es conveniente huir como de la peste.

Divagaciones aparte, y volviendo al tema que nos ocupa, en las Artes Marciales Filipinas la tradición ha tenido siempre un hueco, pero ni mucho menos se ha convertido en piedra angular sobre la que asentarlas. Un ejemplo: el “buenrollismo” actual impone hoy en día, si quieres aprender bajo la tutela de determinado instructor, tener que aguantar a quien sea, por insoportable que te resulte, para “forjar carácter”, “acostumbrarse al sufrimiento” y consideraciones de índole similar, o marcharte de esa escuela si no estás dispuesto a ello… cuando “lo tradicional” en los casos en los que alguien no te caía bien dentro del ámbito de tu propio sanctasanctórum marcial solía ser más bien desafiarle, con frecuencia a muerte, y seguía su aprendizaje bajo los auspicios del instructor en cuestión el superviviente del duelo. Eso… cuando se decidía actuar con cierta nobleza, que lo más normal era simplemente esperar a que quien no se toleraba incurriese en algún descuido y pasaportarle al otro barrio rápida, fría y despiadadamente, y mejor si era a traición y por la espalda. ¿Para qué arriesgarse a perder o sufrir algún quebranto físico si era factible soslayar esa eventualidad? Cabría preguntarse cuál de las dos “tradiciones” es “mejor”, si es que cabe aplicar tal adjetivo comparativo en esta coyuntura tan subjetiva. Pues, desde mi punto de vista, ambas… y ninguna. La “VERDAD” absoluta, incontestable, con mayúsculas y en letras de neón, siempre he sido de la opinión de que, simple y llanamente… es una entelequia, un absurdo, un ente de razón que no puede existir. Existen “verdades” en minúscula, pequeñas, modestas, aptas para cada situación y, si me apuras, incluso para cada persona. Es por ello que toda “tradición” que pugne por erigir en absolutos unos postulados que han de saber adaptarse a las circunstancias, sin tener en cuenta los particulares de cada caso, constituye un dislate mayúsculo. La tradición de los desafíos no deja de ser útil en un entorno hostil como el filipino, donde cada isla es casi un mundo aparte en el que a veces no hay ni habrá jamás de los jamases una “autoridad” ni una “policía” para salvaguardar nuestros derechos, y por tanto hay que aprender a sobrevivir como mejor se pueda y sepa. Se tiende por tanto a una “selección natural” muy cruel y darwinista, que sin duda fomenta la “supervivencia del más apto” necesaria para la perduración del grupo. Este comportamiento no dudo que sería del agrado de algunos en nuestra sociedad, y a día de hoy seguro que hay quienes lo suscribirían sin siquiera un atisbo de vacilación; no obstante, se revela palmario que la mayoría del género humano, en países más avanzados, aplaudirá que en ellos se haya sustituido tan sangrienta tradición por la nueva, mucho más “políticamente correcta” y que, si bien no alienta la preponderancia de los físicamente más cualificados (o los de inteligencia más pragmática y artera, dependiendo del caso), evita inútiles derramamientos de sangre y permite sobrevivir a individuos que pueden ser muy válidos en otros campos. Las “tradiciones” no han de encastrarse monolíticamente de forma inmutable, no han de devenir en axiomas universales y apodícticos, porque es preciso que todo evolucione. No podemos conformarnos con ser moscas atrapadas en ámbar, confinadas en la más estática de las inmovilidades por siempre jamás. Pues lo inmóvil e incapaz de cambiar, no lo olvidemos, suele estar a todos los efectos muerto. Y muy probablemente a causa de la necesidad de aferrarse a la vida, las Artes Marciales Filipinas han sido siempre, por pura necesidad, las abanderadas y el paradigma de esa imprescindible evolución.

Reitero que los mejores instructores siempre han querido que sus alumnos experimenten por sí mismos y entrenen con otros docentes. Y es lo lógico cuando nuestra vida puede depender de lo que hagamos en una situación peliaguda. El hecho de que al Gran Maestro Sipuedo Techincho le funcionase de maravilla una técnica ni mucho menos implica que a nosotros nos vaya a pasar lo mismo. Por poner un ejemplo bufo aunque creo que ilustrativo: resulta que el antes citado Gran Maestro Techincho acostumbraba a cerrar el ojo derecho cuando ejecutaba su técnica favorita, la reputada “Puturrú de Fuá”, que le había permitido sobrevivir e imponerse en numerosos combates a muerte. Sus alumnos se percataron de ello y comenzaron también a hacerlo, transmitiendo dicha forma de ejecución lustro tras lustro sin preguntarse siquiera el porqué, simplemente porque era “lo tradicional”. Un buen día Pepito Mindundi, “descendiente” en decimosexto grado de Techincho, y que siempre ha entrenado Puturrú del mismo modo dado que así lo marcaba “la tradición”, se mete sin comerlo ni beberlo en un altercado con un sujeto que, inopinadamente, trata de arrancarle la cabeza. Tal sujeto deja un hueco por el que, en teoría, Puturrú entraría de fábula y le solventaría tan peliagudo trance al bueno de Pepito. De modo que el señor Mindundi, como ha hecho desde que comenzó su periplo por el aprendizaje de la Eskrima, cierra el ojo derecho, lanza Puturrú… y marra el blanco por un palmo a causa de haber perdido la visión estereoscópica, y con ella la sensación de profundidad, con su ojo derecho cerrado. Resultado: tres meses de hospital y Pepito Mindundi tendrá que comer con pajita el resto de sus días. ¿Qué falló? ¿Cómo es posible que Puturrú de Fuá, que era una técnica “infalible” del GM Techincho, no haya conseguido que Pepito saliese incólume del trance? Pues, sencillamente, que don Sipuedo ejecutaba esa técnica con el ojo derecho cerrado… porque su visión en ese ojo era nula debido a un accidente de nacimiento; por tanto, había desarrollado el tic de cerrarlo al efectuar determinados movimientos… entre ellos Puturrú. Ni más ni menos. Es decir, Techincho veía en monocular y, como todas las personas que padecen tal problema, se había acostumbrado con el devenir de los años a calcular las distancias compensando esa particularidad que llevaba a cuestas; pero el cerebro de Pepito Mindundi, acostumbrado a la visión binocular, fue incapaz en un instante de acomodarse con precisión a la nueva coyuntura… y ahora, pese a haber seguido de manera perfecta lo que marcaba “la tradición”, se ahorrará un pastizal en dentista el resto de su vida, por mucho que seguro que hubiese preferido de mil amores seguir abonando tan oneroso y periódico dispendio a su odontólogo.

Concluyendo: la tradición tiene un lugar y una importancia relativa, pero no debemos enaltecerla hasta convertirla en arquetipo intocable. Recordemos una curiosa paradoja: lo que hoy es “tradición” fue en su día una innovación revolucionaria y transgresora que se sacó de la manga algún individuo, probablemente disconforme con lo que en su época era lo “tradicional”. Por mor del tan común como desacertado hábito, propio de nuestra especie, de querer cristalizar, encorsetar y poner un “molde” que confine lo que debe estar vivo y en constante fluir, la original innovación fue perdiendo su utilidad, siendo repetida mecánicamente de generación en generación hasta que nadie supo por qué se hacía así más allá de que era “lo tradicional”, perdiendo de esta manera su primigenio valor y pudiendo, en casos extremos, llegar a provocar tan lamentables percances como el sufrido por Pepito Mindundi. La tradición, desde mi punto de vista, no se ha hecho para perdurar por los siglos de los siglos, sino para cumplir una función práctica; si alguna vez se prueba que ya no cumple esa función, no han de dolernos prendas en romperla y crear otra tradición diferente que nos sea útil a nosotros como individuos, y que habrá de durar asimismo durante el tiempo que se pruebe beneficiosa y no más, volviendo a iniciar el ciclo de ruptura y sustitución en caso de que sea menester.

Porque no luchan, pelean y sobreviven las tradiciones o los estilos, sino las personas únicas e individuales.

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