Algunas consideraciones sobre defensa personal y Artes Marciales Filipinas (I)

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “información”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

1.- ¿Qué es defensa personal?

Contra lo que pudiera parecer merced a la publicidad que realizan ciertos gimnasios, academias y federaciones de artes marciales, la “defensa personal” no existe como tal; esto es, no hay una serie de técnicas estereotipadas y diferenciadas que, en su conjunto, pueda recibir este nombre. Cada arte marcial extrapola de su bagaje y repertorio ofensivo-defensivo una combinación más o menos coherente, afortunada y efectiva de recursos que, en caso de necesidad, resulte útil en una situación que pudiéramos denominar “de calle”. Dicha combinación no es ni mejor ni peor que la que, con este fin, anexa otro arte marcial diferente, siendo todas estas interpretaciones válidas y respetables. Eso sí, no nos queda más remedio que aceptar que, a día de hoy, hay sistemas que están mucho más encauzados que otros al fin de la autopreservación; su enfoque tiende a ser asimismo, por mor de este objetivo, más práctico y realista que el de otras artes que han evolucionado persiguiendo metas igualmente lícitas y encomiables… pero que, lógicamente, las han conducido hacia derroteros muy diferentes. Las Artes Marciales Filipinas (en adelante “AMF” para abreviar) se incardinan sin la menor duda en el primer grupo: históricamente, al ser las Filipinas una nación insular, las guerras entre distintas islas o entre clanes y familias dentro de una misma isla han sido siempre una realidad cotidiana… incluso hasta nuestros tiempos. La autoridad policial, en muchos lugares, es escasa o directamente inexistente. Para muchos filipinos, pues, resulta perentorio aprender de manera rápida y resolutiva cómo defenderse, y hacerlo sin florituras, artificios o “adornos” innecesarios, dado que una habilidad que no se muestre ciento por ciento efectiva puede muy bien significar la diferencia entre vivir… o irse a reunir con los dioses en los que se crea. Dicha efectividad se ha probado siempre, en lo tocante a estos sistemas, en el peor de los escenarios posibles: bien en los campos de batalla, bien en enfrentamientos reales a muerte. En tales circunstancias, como se puede fácilmente comprender, no existen segundas oportunidades ni margen de error admisible: una técnica funciona y quien la utiliza vive… o no lo hace y quien la ha intentado emplear acaba siendo pasto de los gusanos.

Volviendo al tema que nos ocupa, se podría decir que existen tantas “defensas personales” como artes marciales hay… e incluso, apurando dicho razonamiento, como profesores impartiendo estas enseñanzas, ya que cada uno, según su formación, filias, fobias, puntos fuertes y carencias de aptitud, seleccionará unas técnicas y descartará otras. De lo que no cabe la menor duda, por consiguiente, es de que cuanto más ampliemos nuestras miras sin cerrarnos a nada, y cuanto más entrenemos de forma diligente y realista, mayores serán las posibilidades que tendremos de responder adecuadamente a un ataque. Retomando la pregunta que daba título a este epígrafe, concluyamos pues que defensa personal no es sino cualquier método que nos permita salir incólumes o, al menos, lo más indemnes que sea posible, de una agresión contra nuestra integridad física. Ni más ni menos. Y en ese particular, por todo lo expuesto anteriormente, las AMF gozan de una merecida reputación. Por poner un ejemplo extremo, si alguien nos ataca y tenemos a mano una piedra, que aprovechamos para estamparle en la cabeza al agresor y salir huyendo, que no quepa duda de que hemos hecho uso de una buena técnica de defensa personal, con independencia de la “ortodoxia” de la misma. Es otra de las peculiaridades que caracterizan a las AMF: su idiosincrasia no contempla el combate desarmado más que como último recurso; de modo que, en manos de un experto eskrimador, casi cualquier objeto puede literalmente en un momento dado ser utilizado como arma, desde una lata de refresco hasta un simple pedacito de madera. Por ende, tampoco se preocupan en exceso de si el pie tiene que tener tal angulación, o si la mano ha de estar situada en tal posición. Es evidente que existe una manera “correcta” y otra “incorrecta” de hacer las cosas, sobre todo en los primeros estadios de aprendizaje. Ahora bien, superada esa fase inicial, una de las máximas que las define se podría resumir en el siguiente aforismo: “si a ti te funciona, úsalo”. Lo importante es, como antes ha quedado expuesto, salir lo menos dañado posible del enfrentamiento, no la “pureza” de lo que se ha usado ni si sigue fielmente los patrones que marcó en su día el Gran Maestro Fulanito de Tal. Porque lo que al GM Fulanito le funcionaba puede muy bien que a otro individuo no; y, cuando está en juego la propia vida, constituiría un error demencial, cuando no directamente suicida, querer que el individuo cuya supervivencia peligra actúe como un calco del GM Fulanito… dado que a él no le funcionan las técnicas de aquel venerado Gran Maestro. Cada cual tiene que averiguar qué es lo que le funciona A ÉL, y ser capaz de ponerlo en práctica para preservar su existencia o la de sus seres queridos. Y esto es algo que los filipinos siempre han tenido meridianamente claro.

De la misma manera (y conste que lo que viene a continuación no es ni por asomo lo que marca la actual legislación vigente en España, así que está tajantemente desaconsejado a efectos legales), la perspectiva de las AMF a la hora de abordar una situación de defensa personal tiende a ser muy proactiva. Volvemos al punto enunciado unas líneas atrás de que un filipino no concibe un enfrentamiento desarmado más que como último recurso, y asume por tanto que su atacante, estén o no visibles, porta una o varias armas dispuestas para ser utilizadas de inmediato. En una coyuntura de esa índole, adoptar una actitud defensiva, y esperar por consiguiente la acometida del asaltante antes de iniciar una posible defensa, es el modo casi seguro de dar con nuestros huesos en el camposanto más cercano. Una vez cabe suponer de forma razonable que existen muchas probabilidades de que la agresión se produzca (echar mano inopinadamente a un bolsillo o hueco en la ropa suele ser un indicativo bastante fiable; ver directamente un filo, aun cuando el agresor todavía no lo empuñe, no deja ya lugar, en la mentalidad filipina, ni a la más mínima duda), el eskrimador tratará de tomar la iniciativa e impedir por todos los medios que su enemigo pueda reaccionar y tenga tiempo, por tanto, de esgrimir una de sus armas, lo que haría disminuir drásticamente las posibilidades de supervivencia del defensor. “Ataque preventivo” es un concepto no solo habitual, sino imprescindible para salir con bien de una agresión dentro del marco geográfico de las Filipinas, y en consecuencia ha sido profusamente adoptado por sus artes marciales.

Finalmente, hagamos alusión a que el combate de suelo, como variante de defensa personal, no ha sido demasiado desarrollado entre los estilos filipinos… a causa del mismo motivo: se supone que nuestro atacante siempre lleva consigo una o varias armas, las veamos o no. Irnos al suelo con un enemigo armado, por mucho que dominemos ese medio, no es ni mucho menos la mejor de las ideas.

 

2.- Sentido común

Partiendo de la base expuesta en el punto anterior, el arma de autodefensa más importante a la hora de abordar una confrontación callejera es el sentido común, que por desgracia, como bien dice un conocido aforismo, es el menos común de los sentidos. Si nos dejásemos llevar menos por la adrenalina y la testosterona y más por la tranquilidad y el razonamiento objetivo, nos daríamos cuenta de que el 99’9% de las peleas son absolutamente evitables… y resulta muy conveniente soslayarlas si, como contemplan las AMF, las armas pueden salir a relucir en cualquier instante. Pensemos: ¿vale la pena, por muchos conocimientos de autodefensa que tengamos, jugarnos la vida frente a un navajero por unos pocos euros? ¿Tanto ofende nuestra dignidad el que menten a nuestra madre de forma vejatoria como para enzarzarnos en una trifulca a mamporro limpio? ¿Esa abolladura en el coche merece que castiguemos al infractor con una patada en los genitales? Y así podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito, y siempre, si mantenemos la serenidad y no nos dejamos llevar por ese irascible pronto que a todos parece acometernos en un primer instante, habríamos inequívocamente de responder de una sola manera: NO. No importa qué nos llamen o lo que nos hayan hecho, si alguien viene con la intención de agredirnos y podemos salir corriendo, no dudemos en hacerlo (otro cantar es que tal opción no sea factible, ni que decir tiene). Esto es defensa personal, sí. Y si podemos aplacarle aun a costa de suplicar y humillarnos, también es defensa personal. ¿Que hay quienes opinan que tal comportamiento es una cobardía? Bien, ¿y qué? Creedme, es preferible pasar por cobarde ante el mundo entero que terminar tendido en un charco de sangre… además de que, si la pendencia pasa a mayores pese a nuestros intentos de soslayarla, un enemigo que nos juzga como un “cobarde que se humilla” se suele descuidar y resulta más fácil de batir que otro que desde el primer momento nos encuadre en la categoría de “adversario peligroso”. Esto se torna de capital importancia desde el punto de vista de las AMF si consideramos, como se hace en estos sistemas (no me cansaré de reiterarlo), que el agresor es más que seguro que vaya armado: un enemigo que se ufane de su superioridad quizá no se plantee ni sacar el arma, facilitándonos mucho la defensa. Si lo hace, hay más probabilidades de que se confíe y cometa errores que le pueden costar muy caros si nos infravalora que si, directamente, nos cataloga como un oponente complicado, en cuyo caso posiblemente deje de lado las baladronadas y fanfarronerías típicas para ir directamente a tratar de asestarnos un “golpe de gracia” con el filo.

En fin, si tenéis parejas que ante cualquier ofensa, por mínima que sea, consideran que debéis “defender su honra” demostrando fehacientemente vuestros conocimientos marciales al ofensor, o amigos que, por pura diversión, os instan a pelearos ante cualquier situación donde se puede evitar, al precio que sea, un enfrentamiento… cambiad de pareja y amistades. Es un consejo sincero, palabra  de honor, que os ahorrará muchos quebraderos de cabeza… y, en el mejor de los casos, no pocas magulladuras. En el peor, una cita con el enterrador y un bonito pijama de pino.

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