Algunas consideraciones sobre defensa personal y Artes Marciales Filipinas (II)

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “información”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

3.- Impredecibilidad de una confrontación callejera

Hay un hecho cierto que pocas veces tenemos en cuenta cuando nos dejamos llevar por la ira, y es que una pelea en la calle se sabe cómo empieza, pero jamás cómo termina. De ahí la gran importancia que los estilos filipinos suelen conferir, como antes hemos mencionado, a adelantarnos siempre que sea factible a los acontecimientos y resolver de la manera más rápida y contundente posible una situación, antes de que el cariz de la misma tome un tinte tan oscuro que se nos escape por completo de las manos. Imaginemos, a modo ilustrativo, un trance muy común: en una discoteca atestada, somos empujados por la marea humana allí presente y, sin querer, derramamos la bebida de quien tenemos detrás. El individuo, bastante borracho y típico “matón de fin de semana”, nos empieza a increpar haciendo caso omiso de nuestras disculpas y nuestro ofrecimiento de pagarle tanto una nueva copa como la factura del tinte. Finalmente, carga el puño y lo lanza directo a nuestra nariz. Esquivando la tarascada, aplicamos al iracundo sujeto un codazo en la base de la nuca que lo deja sin sentido. Pero hete aquí que el indeseable tenía un amigo situado a nuestra espalda quien, percatándose del hecho, agarra una botella e intenta estrellarla contra nuestro cráneo. Supongamos que asimismo nos apercibimos y reaccionamos con presteza, desarmando y derribando al segundo agresor. Lo malo es que la panda de amigos con quienes han venido los dos primeros individuos está ya dirigiéndose a nosotros en pie de guerra, nuestros propios amigos también vienen raudos a secundarnos, el personal de seguridad del local se une a la gresca… y, sin comerlo ni beberlo, lo que prometía ser una tranquila velada se transforma en una pelea multitudinaria de inciertas consecuencias.

¿Exageración? Ni mucho menos: echad un vistazo a las páginas de sucesos de cualquier periódico los fines de semana para daros cuenta de que tales hechos son, tristemente, moneda de cambio corriente las noches de viernes y sábado en cualquier gran ciudad, y de que no pocas veces tales trifulcas se terminan saldando con un trágico balance de heridos graves… o incluso, en el peor de los casos, con muertos. Para colmo, al tradicional navajero hispano se le han sumado en los últimos tiempos, a consecuencia de la inmigración, elementos exóticos de distintos países para los que portar y utilizar un filo es algo tan consustancial casi como respirar. Suma a este hecho la cantidad de alcohol y otras drogas no legales que muchos de estos sujetos armados llevan circulando por la sangre los últimos días de la semana y en festividades varias… y el cóctel resultante se convierte en una mezcla explosiva que eleva exponencialmente las posibilidades de que cualquier discusión violenta pueda terminar desembocando en uno o varios funerales. Eso, por no mencionar que la delincuencia callejera va en aumento y la violencia media del delincuente habitual escala posiciones en la misma medida, de manera que no es ya extraño que decidan darte una mojada si la cantidad de dinero que portas no les satisface.

La atención al entorno para tratar siempre que podamos de evitar vernos inmersos en una situación peliaguda es primordial: en Filipinas, ningún eskrimador consciente caminaría jamás por una calle atestada de gente, pongo por caso, con un MP3 a todo volumen y pensando en las musarañas, pues un grado de distracción de tal magnitud es casi como invitar a tu mesa al desastre. Conviene ir siempre, aunque sea de manera relajada, pendientes de lo que nos rodea (tampoco es preciso caer en la paranoia, pues la situación en nuestro entorno no es tan insegura como por aquellos lares… aún); y, a la menor señal de alerta, anticiparnos desapareciendo sin dilación del escenario donde se puede sustanciar un posible foco de conflicto. De cualquier manera, si pese a todo nos terminamos metiendo en la boca del lobo, creo que la mejor filosofía es la que propugnan los estilos filipinos (y, una vez más, tengamos en cuenta que no es esto por lo que aboga el ordenamiento jurídico español, de modo que legalmente, por paradójico que resulte, los que estaremos infringiendo la ley somos nosotros): cuando ya el enfrentamiento sea inevitable, toma la iniciativa y acaba con tu adversario de la manera más contundente y expeditiva de la que seas capaz, porque es muy posible que tu vida dependa de ello. Una resolución diligente sin vacilar, una acción concluyente sorpresiva, y una rápida retirada una vez estemos seguros de que nuestro enemigo se halla incapacitado para perseguirnos, pueden evitar las lágrimas de nuestros seres queridos ante nuestra lápida. Y, si la suerte no nos deja otra carta que jugar… recordemos aquel adagio que reza que, para que llore mi madre, mejor que llore la suya. Las AMF, dadas las peculiaridades que en aquel país se han dado siempre a lo largo de su historia y que siguen perdurando en muchas partes del archipiélago (ya se habló de ellas en un epígrafe anterior), no pueden permitirse el lujo de ser magnánimas con quien te agrede e ir a causarle “el menor daño posible”, pues es prácticamente seguro que el agresor no va a ser ni mucho menos tan munificente: a poco que pueda, no le va a doler prenda ninguna a la hora de enterrar su hoja en los puntos más vulnerables de tu anatomía.

Así pues, intentemos siempre evitar situaciones y ambientes que puedan degenerar en confrontaciones violentas. Esa típica manía, tan hispana, del “¡venga, acerquémonos a ver qué pasa!” en cuanto suenan gritos amenazantes, no es sino un billete de ida sin vuelta a situarnos en trances escabrosos de los que, quizá, no salgamos tan de rositas como nos gustaría.

4.- Las películas, películas son

Sí, todos hemos disfrutado en el cine de las “hazañas” de gente como Bruce Lee, Van Damme, Chuck Norris o Steven Seagal. No obstante, por muy “reales” que parezcan sus confrontaciones con una legión de adversarios de las que, invariablemente, son capaces de salir casi sin despeinarse, no dejan de ser coreografías muy bien planificadas, pero sin ningún punto de contacto con la realidad. No hay siquiera visos de verosimilitud en un solo individuo liquidando con más o menos facilidad a media docena de adversarios. En la vida real, es extremadamente difícil que podamos vencer a dos agresores que nos atacan al unísono, a no ser que sean muy estúpidos o que las circunstancias ambientales jueguen mucho a nuestro favor. Vencer a tres o más sujetos realmente decididos a acabar con nosotros (no infelices impresionables que mojen los calzoncillos cuando derribas al primero, ni que decir tiene), entra decididamente dentro del campo de la ciencia ficción.

No obstante, nos guste o no, podemos vernos por desgracia inmersos en tan desfavorable coyuntura (como sucedía en el ejemplo de la discoteca puesto en el epígrafe anterior). Curtidos a lo largo de su existencia en mil batallas, y plenamente conscientes de que un “uno contra uno”, en caso de enfrentamiento, es casi una situación ideal, pero poco probable que se produzca, los pueblos filipinos introdujeron desde muy temprano en sus artes marciales el concepto de “ataque en masa”, y las estrategias para intentar sobrevivir en este tipo de lides. ¡Ojo, no nos equivoquemos!: ya he mencionado el pragmatismo que suele impregnar invariablemente el enfoque de las AMF, de modo que ni por asomo piensan en que un único individuo pueda ponerse a pelear con muchos y salir victorioso. Ni mucho menos son tan ilusos. Lo que los filipinos pretenden al plantearse un “ataque en masa” suele ser simplemente tratar de “romper” la barrera que los agresores forman para escapar lo antes que se pueda de tan ominoso escenario: embates rápidos y sorpresivos sin entretenerse demasiado con un único rival, movimiento continuo intentando evitar el acorralamiento, procurar que los adversarios se estorben unos a otros… para, a la más mínima oportunidad, en cuanto se logre encontrar un hueco, huir lo más rápidamente posible del lugar. Y, por supuesto, tratar siempre de tener a mano o, en su defecto, improvisar un arma que nos dé aunque sea una leve ventaja sobre el tumulto de asaltantes o que al menos nos permita, si ellos también van armados (reitero de nuevo que los filipinos no conciben el enfrentamiento desarmado más que como último recurso), volver en la medida de lo posible las tornas contra nuestros hostigadores.

Por tanto, la primera opción en un enfrentamiento múltiple ha de ser siempre la huida. No juguemos al héroe: los cementerios están llenos de gallardas y temerarias demostraciones de una mal entendida “valentía”. Quedarse quieto a pie firme tratando de repeler la agresión de varios indeseables y pretender salir incólume demuestra muy poca inteligencia, una fe rayana en temeridad en las propias posibilidades francamente suicida… o una inconsciencia lindando con la candidez (por no utilizar otro término menos “políticamente correcto”) digna de mejor causa. No perdamos de vista que el que huye y salva la vida puede volver a pelear otro día. No conozco a ningún muerto capaz de tal proeza. Recordad otro viejo adagio: “Más vale cobarde vivo que héroe muerto”.

5.- Simplicidad ante todo

Cuando el enfrentamiento, pese a todos nuestros esfuerzos por soslayarlo, se ha tornado inevitable, tengamos siempre presente un principio que nunca debemos olvidar y que constituye probablemente uno de los axiomas más relevantes de las AMF: máxima eficacia con el mínimo esfuerzo. Cuanto más complicada sea una técnica y más preparación necesite para ponerse en práctica, menos posibilidades tendremos de aplicarla con éxito en una situación real. Las técnicas “de calle” han de ser lo más simples y devastadoras posibles, para acabar cuanto antes con la no deseada confrontación. No “juguemos” con un adversario, por muy convencidos que estemos de nuestra superioridad. Recordad: no hay enemigo pequeño. Es por ello que el elenco técnico de los estilos filipinos acostumbra a ser letal de necesidad: tanto armados como a mano vacía, dichos estilos buscan siempre que cada golpe, cada impacto, cada tajo, cause el mayor de los estragos posible en el organismo de nuestro antagonista, para así incapacitarle con la mayor de las prontitudes de la que se sea capaz.

Por otro lado, recordemos asimismo lo expuesto en el epígrafe relativo a la impredecibilidad: nunca sabemos si rondan por las proximidades uno o varios cómplices del agresor que nos pueden dar un serio disgusto. Desde el punto de vista filipino, la pelea en el suelo se intenta evitar siempre que sea factible no solo porque se da por sentado que nuestro enemigo lleva una o varias armas ocultas, aunque sea el motivo principal; también porque, mientras nos enzarzamos con un sujeto, sus “colegas” pueden decidir que están aburridos y, con el fin de distraerse un poco mientras estamos rebozándonos por el piso con su amiguete, ponerse a jugar un alegre partido de fútbol usando de balón nuestra cabeza y costillas… o sacar a relucir sus armas y, haciendo alarde de su sensibilidad estética, resolver que estamos más monos convertidos en un bonito colador lleno de agujeros.

Resumiendo, y una vez más: cuando no quede más remedio que recurrir a la acción física, debemos acabar lo más rápidamente posible con nuestro agresor y abandonar a toda prisa el lugar del ataque. Las pérdidas de tiempo y los juegos, cuando se halla en peligro nuestra integridad, están invariablemente de más. Y, para colmo, pueden hacer que termines el día explicándole a san Pedro por qué fuiste tan buena persona que no quisiste convertirte en abusón y liquidar rápidamente a ese infeliz que se atrevió a levantarte una mano… hasta que de pronto, sin saber de dónde había salido, apareció por arte de magia un puñal en la otra y, ¡mira tú qué curioso!, antes de darte cuenta tenías como por ensalmo el susodicho filo incrustado directamente en tu corazón. Y lograste tu objetivo: no te convertiste en un abusón, no…

Te convertiste simplemente en cadáver.

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