Algunas consideraciones sobre defensa personal y Artes Marciales Filipinas (y III)

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “información”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

Defensa personal femenina

Ni que decir tiene que todo lo expuesto hasta ahora aplica perfectamente tanto a mujeres como a varones. Ahora bien, en el caso del sexo femenino existen algunas particularidades que me parece conveniente reseñar. Por favor, que nadie piense que esto va en menoscabo de la mujer. ¡Todo lo contrario!: puedo asegurar de corazón que los mejores GUERREROS, con mayúsculas, que he tenido el privilegio de conocer, han sido mujeres. Su determinación supera de largo la de casi cualquier hombre, y pueden dar lecciones de valor, arrojo y entereza que a muchos varones deberían hacernos sonrojar de vergüenza. Ahora bien, lo que es innegable es que físicamente no somos iguales, y tal es el motivo de las puntualizaciones que se relatan a continuación:

1.- Desproporción física con el agresor

Desengañémonos: salvo casos muy especiales, lo normal es que una mujer sea menos alta, corpulenta y fuerte que un hipotético atacante masculino, que demostraría, además, muy poca inteligencia intentando agredir a una fémina de más estatura y robustez que él. Por tanto, y debido a esta inferior potencia física (existen estudios que afirman que, a igualdad de altura, peso, complexión y entrenamiento, una mujer es de un 30 a un 40 % menos fuerte que un hombre), hay técnicas que pueden funcionar si son aplicadas por un varón a otro, pero difícilmente lo harán si intenta hacer uso de ellas una mujer. Un puñetazo en el plexo solar, ejecutado por un hombre, puede incluso llegar a incapacitar a otro hombre de más o menos la misma talla y constitución; pero esta misma técnica, aplicada por una mujer más baja y menuda, no cabe duda de que le dolerá… si bien es harto dudoso que, en la mayoría de los casos, llegue a incapacitarle, tanto más cuanto mayor sea el nivel de adrenalina que corra por las venas del asaltante. Es más, casi seguro desataría su ira aún en mayor medida, con resultados tan impredecibles como desastrosos. Huelga decir que si, para colmo, la agresión es de índole sexual, tristemente demasiado común en nuestros días, a lo que iba a ser una “violación” (de la que se puede salir física y mentalmente destrozada… aunque viva, lo cual permitiría una recuperación más o menos lenta, ardua y penosa), puede terminar añadiéndosele el “asesinato” (sin que en tal execrable supuesto cupiese recuperación alguna). Entiéndase, por favor, lo que quiero decir: no estoy banalizando el tema de la violación, que me parece un delito tan sádico y repugnante, si no más, que el matar a otro ser humano inocente. Sé que, a veces, las secuelas psicológicas de una agresión sexual pueden parecerle a la víctima infinitamente peores que la perspectiva de la muerte. Mas yo soy de los que cree que, mientras hay vida, hay esperanza, y por tanto el menor de dos males cuya crueldad, a fuer de sincero, está lejos del alcance de mi imaginación, es el que nos permita salvaguardar nuestra existencia.

Las AMF han sido desarrolladas por pueblos que no se caracterizan, con puntuales excepciones de algún que otro individuo, por su corpulencia, estatura o complexión física recia. Sus técnicas, pues, han sido desarrolladas teniendo en mente que habrían de ser utilizadas contra individuos físicamente mejor dotados que el que las aplica, y que han de conseguir incapacitar a este agresor siguiendo todos los principios que hemos visto hasta ahora: de la manera más rápida y eficaz posible, y con el mínimo esfuerzo que sea preciso emplear. Es por ello que resultan especialmente aptas para el sexo femenino, puesto que su efectividad no radica en factores como poseer unos brazos como troncos de árbol o tener la fuerza de un coloso. Existen multitud de fotografías y filmaciones de auténticas leyendas de la Eskrima en las que ninguno destaca por ser un titán… pero a nadie en sus cabales se le ocurriría poner en tela de juicio su competencia y peligrosidad a la hora de enfrentarse a adversarios de mayor tamaño. En consecuencia, una mujer puede casi con toda certeza llegar a sentirse como pez en el agua practicando estas disciplinas, cuando es posible que en otras, por sus peculiaridades, encuentre mucha dificultad en llegar a adaptarse a las mismas y ser eficaz empleando sus técnicas… si es que alguna vez lo consigue.

2.- Superioridad psicológica

Todo el que agrede a una mujer está muy al tanto, siquiera de forma subconsciente, de lo expuesto en el punto anterior. Genéticamente, el hombre tiende, por desgracia, a reproducir el esquema del “mono macho” del cual desciende, con la consiguiente necesidad de imponer su supremacía sobre la hembra de la especie. Sin embargo, tal sentimiento de superioridad, si sabe utilizar  esta baza, juega a favor de la mujer. En caso de necesidad, lo peor que una mujer puede hacer es demostrarle a las claras al agresor su conocimiento de técnicas de autodefensa. Antes bien ha de fingir la más absoluta de las indefensiones, con el fin de calmar al agresor en la medida de lo posible y reafirmar su sentimiento de autoconfianza y dominio. De este modo podrá lograr que se descuide y, aprovechando la distracción, aplicarle una o varias técnicas fulminantes y definitivas que le permitan acabar con él y preservar su integridad física.

También en este aspecto las AMF pueden ayudar en buena medida, mutatis mutandis, a conformar el tipo adecuado de “mentalidad engañosa” precisa para aparentar desvalimiento y fomentar un fatal exceso de confianza en un agresor. Muchas de sus técnicas se caracterizan precisamente por ser “falaces”, arteras, por parecer una cosa cuando en realidad se busca otra muy diferente. Amagos, fintas y movimientos capciosos conforman una porción muy significativa del entramado técnico y táctico de estas disciplinas. Un eskrimador puede ofrecer un blanco fácil al atacante para que dirija confiado hacia él su acometida, y cuando lo hace volver las tornas contra el engatusado enemigo que, de pronto, se encuentra con algo que no espera… pero ya es demasiado tarde para evitarlo: ha caído en la trampa y queda incapacitado. Puede parecer indefenso… y de pronto transformarse en un torbellino que engulle y devora a su rival antes de que se dé cuenta, tanto más si, como no me cansaré de repetir, entra en juego algún arma salida nadie sabe de dónde. Las apariencias engañan, y en la Eskrima lo hacen muchas más veces de lo que aparenta. De ahí que esa mentalidad le sea de gran utilidad a una mujer a la hora de plantear su defensa, trasponiéndola y adaptándola al enfrentamiento psicológico con su asaltante.

3.- Usar cuanto esté a nuestro alrededor

Como ya se relató en su momento, para un eskrimador casi todo utensilio cotidiano es susceptible, en caso de precisarlo, de ser utilizado como un arma. Esta versatilidad a la hora de improvisar armas, en el caso de que una mujer precise defenderse, resulta de una utilidad sin par. Por ejemplo, no existe prácticamente fémina que no suela llevar bolso, el cual puede, de por sí, constituir un artilugio que incremente sus posibilidades de salir con bien de una agresión, ya sea usado como maza (dependiendo de su peso), ya a guisa de escudo frente a un ataque de arma blanca. Además, en su interior solemos encontrar todo un arsenal de objetos de uso común que, bien utilizados, serán de una eficacia inusitada a la hora de repeler a un posible atacante: llaveros, bolígrafos, monedas, peines, horquillas… Y todo esto, amén de otra serie de artilugios que, según las circunstancias, puede portar un día u otro y que, cómo no, son susceptibles de ser transformados en armas: libros, paraguas, periódicos, revistas, móviles, pañuelos… Recordemos que la idiosincrasia de los sistemas filipinos los lleva a ser capaces de emplear a guisa de instrumento ofensivo-defensivo cualquier objeto que se halle a su alcance… y, normalmente, una mujer que tenga la mentalidad preparada para ello goza de un arsenal mucho más variopinto del que tiene a su disposición un hombre.

4.- Contundencia

Finalmente, y volviendo al principio, recordemos que, a la hora de golpear a un agresor, deberemos siempre hacerlo con la máxima dureza, sin miramientos y en puntos lo más vitales que sea posible. Hay zonas del organismo masculino en las que, por muy fornido que el individuo sea (luchadores o culturistas), e incluso implementando poca potencia de nuestra parte, maximizaremos el efecto de nuestros ataques: fundamentalmente, testículos, garganta, ojos y, en menor medida, articulaciones. Aparte de estos blancos evidentes, como hemos comentado con anterioridad, las AMF nos enseñarán a atacar siempre en puntos neurálgicos donde, con un mínimo de fuerza, los resultados de nuestro golpe se multiplican. Por supuesto, eso no quiere decir que se golpee suave, sino todo lo contrario: dado que con poca fuerza podemos causar mucho daño, es harto preferible que siempre procuremos golpear con la máxima contundencia que podamos para incapacitar lo antes posible al enemigo. Además, si tratándose de un varón ya expusimos que, como requisito previo a emprender la huida, resulta sumamente recomendable que nos aseguremos de dejar al agresor incapacitado para seguirnos, en el caso de una mujer se torna casi imprescindible, a causa de lo narrado en el epígrafe relativo a la superioridad psicológica. Un agresor varón al que una mujer ha derribado quedará tan herido en su orgullo que, suponiendo que sea capaz de levantarse, el ego le hará sentirse impelido a atacar literalmente como un loco, transformándose en una fiera sanguinaria ansiosa por vengar su maltrecha masculinidad. Por tanto, que no nos duelan prendas a la hora de rematar a un enemigo caído con, pongo por caso, una buena patada o rodillazo, que nos hará ganar un tiempo precioso para desaparecer con presteza del lugar de los hechos (y tengamos en mente una vez más que el ordenamiento jurídico español, muy poco realista y comprensivo con los casos en que alguien se ve obligado a defenderse, considera a eso “ensañamiento”, por lo que legalmente es en extremo desaconsejable dicho tipo de actuación cuando tenemos la desgracia de enfrentar semejante tesitura).

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