Por mucho que alimente…

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “opinión”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

Hay cabezas de estilo en la Eskrima que no practican artes marciales.

No, no estoy intentando crear polémica… pero sí, has leído bien: aunque suene paradójico, los fundadores y máximos representantes de algún que otro estilo de Eskrima no practican ni enseñan ningún tipo de arte marcial. O, al menos… eso afirman. En su opinión, aquello a lo que han dedicado gran parte de su vida es un método de autodefensa, un sistema cuya utilidad se circunscribe  a matar al enemigo antes de que el enemigo nos mate a nosotros. Punto. Según su criterio, el concepto de “arte marcial” implica una serie de connotaciones que no poseen en absoluto las disciplinas que ellos trabajan, de modo que difícilmente se las puede incardinar dentro de los parámetros que dicho concepto delimita.

Por supuesto, tienen razón… pero no la tienen. Sí es cierto que, a día de hoy, cuando se habla de “artes marciales” casi todo el mundo las asocia con una serie de conceptos éticos, morales o filosóficos sin los que no son capaces de concebirlas. Y, sin embargo, en su origen histórico las prácticas de esta índole nada tenían que ver con estos conceptos. Su utilidad era clara: intentar aumentar las posibilidades de subsistencia del guerrero en un campo de batalla, convertir a sus adeptos en las más eficaces trituradoras de carne humana que pudiesen llegar a ser. Ante la perspectiva de que un hipotético enemigo nos cortase la cabeza, cualquier otra consideración estaba invariablemente de más. Lo que ocurre es que, como afirma una máxima de la que no recuerdo el autor, en tiempos de guerra la gente común busca a un héroe para que la dirija y le saque las castañas del fuego; sin embargo, cuando esos tiempos de necesidad han pasado y se vuelve a una época de paz… ¡ah, amigo, la cosa cambia radicalmente!: esa misma gente que no hace mucho buscaba al sujeto excepcional para que la guiase, que ensalzaba su singularidad y alababa su “ardor guerrero”, quiere ahora todo lo contrario, que la rija alguien gris y anodino que no sobresalga en absoluto para que no le recuerde su propia mediocridad. Sin conflictos en perspectiva, alguien que conozca siete maneras diferentes de tronchar el cuello de otro ser humano y otras tantas de dejarle tetrapléjico para el resto de su vida deja de estar bien visto. Aunque su comportamiento sea intachable, aunque se convierta en un pilar de la sociedad, siempre va a provocar recelo y desconfianza entre los ciudadanos comunes, pues su sola existencia exacerba los miedos e inseguridades que atenazan a los integrantes de lo que pudiéramos llamar “el pueblo llano”.

Así pues, para sobrevivir, el guerrero tuvo que adoptar la estrategia del camaleón: mimetizarse, camuflarse de tal manera que sus destrezas no pareciesen lo que en realidad eran. Es entonces cuando se añade al corpus formal de sus prácticas toda esa serie de ideas de corte ético-moral-filosófico a las que antes he hecho alusión: surgen las nociones de “do”, de “tao”, de vía de perfeccionamiento personal, de camino para superarse a uno mismo y ser mejor persona, de medio para unificarse con el cosmos e integrarse en el Universo… Todo ello muy loable, por supuesto, pero, analizado fríamente… sin apenas conexión con el fin primigenio para el que fueron concebidas esas prácticas: tullir, mutilar, matar y destruir al enemigo. En reciprocidad, se consigue a gran escala la tan anhelada aceptación social, que alcanza su culmen en las disciplinas que, además, “deportivizan” su práctica, puesto que el deporte es algo sano, benéfico, no una praxis ominosa y maligna. Eso sí, hubo que pagar un peaje en el proceso: las técnicas más “peligrosas” (que, por ende, solían ser las más resolutivas y válidas) tuvieron que ser desechadas o modificadas para no resultar tan “lesivas”; lo que eran métodos vivos y en constante progreso en pos de la mayor eficacia se cristalizaron y dejaron de evolucionar porque así lo marcaba “la tradición”; en definitiva, se “descafeinó” algo cuya esencia era letal para convertirlo… en “otra cosa” que poco o nada tenía que ver con su razón de ser más genuina.

Y es esta visión lisiada, disminuida y simplista de lo que en su día fuese un todo glorioso lo que hoy día se concibe como “arte marcial”. Es esto de lo que algunos líderes de estilos filipinos reniegan y, con toda la lógica del mundo, se oponen a calificar sus sistemas usando semejante apelativo. No obstante, he afirmado al principio que, pese a tener razón… no la tienen. Y es que el hecho de que una “inmensa mayoría” defienda una tesis no significa en absoluto que esté en lo cierto; recordemos aquel aforismo que reza que “más de diez mil millones de moscas no pueden equivocarse: come mierda”. “Marcial” es un término que no deja lugar a duda: relativo a Marte, dios de la guerra en la mitología romana. Empero, “arte” no es un vocablo tan unívoco. Veamos qué nos dice de él el diccionario de la RAE:

arte.

(Del lat. ars, artis, y este calco del gr. τέχνη).


1. amb. Virtud, disposición y habilidad para hacer algo.


2. amb. Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.


3. amb. Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo.


4. amb. Maña, astucia.


5. amb. Disposición personal de alguien. Buen, mal arte


6. amb. Instrumento que sirve para pescar. U. m. en pl.


7. amb. rur. Man. noria (‖ máquina para subir agua).


8. amb. desus. Libro que contiene los preceptos de la gramática latina.


9. amb. pl. Lógica, física y metafísica. Curso de artes

Las acepciones del vocablo que podrían aplicar a nuestras disciplinas se ciñen, como parece lógico, a las cuatro primeras de la lista. Y, ¡mira tú qué curioso!, únicamente la segunda hace referencia a un concepto relacionado de algún modo con la estética. En las demás, tal connotación brilla por su ausencia: un “arte” no es sino una habilidad, una maña, un precepto que sirve para hacer algo. Los que tenemos cierta edad recordamos aún cómo, antiguamente, no era raro aludir al “arte del zapatero”, al “arte del carpintero”, al “arte” de cualquier otra profesión imaginable, sin que estas menciones tuviesen ni un ápice que ver con las “bellas artes”, sino con el “buen hacer” del profesional de turno a la hora de desempeñar su tarea (algo así como el famoso “kung fu” que, erróneamente, pasó a denominar en occidente a los sistemas marciales de origen chino). Y, a mi parecer, tal es el significado primigenio que se quiso dar a “arte marcial”: las destrezas del guerrero, los artificios que le permitían desempeñar su tarea del modo más competente posible, sin ningún otro marchamo añadido. Eso no quiere en absoluto decir, no creo que sea preciso apostillarlo, que una patada, un puñetazo, un corte con un sable o cuchillo, una proyección o luxación, o cualquier otra técnica que nos venga a la mente, no tengan para el entendido o, incluso, para el profano, una enorme belleza plástica. Pero no es ese ni por asomo el criterio básico por el que se debe juzgar su ejecución, sino que el quid de la cuestión radica en si, pese a que puede resultar incluso estéticamente “fea”, dicha técnica ha logrado de manera eficiente el objetivo que se proponía. Su vitola “artística” ha de reposar necesariamente sobre dicho puntal.

Los sistemas filipinos, merced a su larga tradición guerrera fomentada por los escasos periodos de paz de los que han disfrutado en el archipiélago, han conservado en toda su pureza este concepto original de lo que es un “arte marcial”, sin haber sido “contaminados” por ningún añadido espurio posterior. Es por ello que, aun respetando, como no puede ser de otra manera, el punto de vista de los antes mencionados líderes, no puedo sino manifestar mi disconformidad con el mismo. “Y sin embargo se mueve”, dice la leyenda (falsa casi con seguridad, pero muy significativa) que pronunció en voz baja Galileo Galilei cuando la Inquisición le obligó a abjurar públicamente de la teoría heliocéntrica, y a declarar que era la Tierra la que permanecía inmóvil y el Sol el que giraba alrededor de ella, tal cual era comúnmente aceptado por casi todo el mundo en aquella época. Sin embargo, permitidme porfiar en que no siempre el que “la mayoría” sostenga una opinión significa que estén en lo cierto, y la Historia rebosa de ejemplos como el de Galileo en los que el futuro terminó demostrando que las tesis de quienes fueron vilipendiados e, incluso, dieron la vida por defenderlas, eran las correctas: Copérnico, Servet, Colón, Darwin, los hermanos Wright… Es evidente que resulta más fácil y origina menos quebraderos de cabeza el no oponerse a la línea de pensamiento imperante en una materia, y entiendo por tanto sobradamente a quien decide no hacerlo.

Yo, en conciencia, no puedo.

Me niego a ser otra mosca alelada y, puesto que el común de los dípteros ha consensuado que el significado de “arte marcial” es el que ellos quieren imponer, transigir con su visión. Me parece muy bien que insignes cabezas de estilo declaren que lo que ellos instruyen nada tiene que ver con las artes marciales. Dado el estado en el que se halla hoy día el pensamiento del colectivo social al respecto, es lo más cabal, lógico y sensato. Para mi desgracia, pues ya digo que reporta no pocos sinsabores, nunca he descollado por lo acendrado en mí de esas virtudes. Antes bien, en mi persona, suelen brillar por su ausencia, y en mi necedad tiendo a ser estúpido, desatinado e idealista hasta la contumacia. De resultas de lo cual, aun sabedor de que nado a contracorriente… me resisto a “comer mierda”. Por mucho que todas las moscas afirmen que alimenta, por más que esos insectos, en enjambre y al unísono, no cesen de cantarme al oído incontables loas a sus virtudes nutritivas sin parangón, no me gusta su olor y menos incluso su sabor. Entreno un sistema filipino. Entreno Warriors Eskrima. Y, aunque sea llevarle la contraria a eminentes creadores de estilos que, sin el menor atisbo de duda, me superan de largo en experiencia, conocimientos, sabiduría y madurez…

…considero que sí practico un arte marcial.

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