Sobre fracasos y triunfos (I)

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “opinión”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

Existe una tendencia, refrendada sin duda por el diccionario, a identificar los términos “ganar” y “triunfar” de manera absoluta, cual si no existiese diferencia alguna entre ellos. Como ya digo, tal equivalencia recibe incluso el espaldarazo sin fisuras de cualquier lexicón dedicado a los sinónimos… y, no obstante, a título personal, yo me atrevo a poner objeciones de matiz a esa igualdad. Para mí, e insisto en que no es sino mi muy particular punto de vista, se puede triunfar en toda regla sin haber experimentado más que derrota tras derrota; y, por el contrario, se puede acabar vencido sin paliativos habiendo ganado todos tus enfrentamientos. ¿Paradójico? Quizá, pero en cualquier campo de experiencia conocido por el hombre, y las Artes Marciales Filipinas no son ajenas a ello, en ocasiones, ser conquistado es vencer, sufrir una derrota es triunfar. Lo malo es que se torna imprescindible poseer una buena dosis de madurez y humildad para ser capaz de asimilar esta importante lección… y semejantes características, precisamente, no son ni han sido nunca las más descollantes en el género humano.

Todo aprendizaje es forjado, mal que nos pese, a través del penoso procedimiento denominado “ensayo y error”. No queda más remedio que equivocarse para poder aprender de nuestros fallos y seguir avanzando. Ciñéndonos al plano del desempeño estrictamente físico, ¿qué ganamos si con un palo o un cuchillo en la mano, o incluso sin armas, derrotamos a cuanto ser humano se ponga en nuestro camino? Un baño de satisfacción para el ego, eso seguro, pero ¿realmente hemos aprendido algo, hemos sacado alguna cosa en claro de esos enfrentamientos? Me atrevería a afirmar casi sin lugar a dudas que, probablemente… nada. Ítem más: salvo que tengamos la cabeza muy bien amueblada, nuestra soberbia habrá crecido hasta un punto que puede volvernos jactanciosos y descuidados. Con el devenir del tiempo, tarde o temprano será inevitable que se nos ponga delante alguien tan hábil o más que nosotros, pues una de las pocas verdades que casi no tiene excepciones es que a todo hay quien nos gana. Frente a ese alguien, la única oportunidad que tendremos de salir con bien del enfrentamiento es tener en él puestos nuestros cinco sentidos, conscientes de nuestras flaquezas y puntos débiles para resguardarlos lo mejor posible. Y, si nunca nadie nos ha puesto en evidencia esas debilidades, ¿cómo vamos a saber dónde están para poder protegerlas? Ese enemigo que ahora tenemos delante sabrá verlas y explotarlas sin ninguna dificultad, y nuestra demasiado infatuada vanidad se desinflará como un globito mientras aplicamos árnica a nuestras contusiones o recogemos nuestros dientes del suelo… en el mejor de los casos, que en el peor ya se sabe: una buena temporadita a todo tren en un hospital, o un laaaaaargo periodo de reposo unos cuantos metros bajo tierra.

Decía Einstein que es de gran alivio conocer nuestras propias limitaciones. El genio de Ulm tenía toda la razón, si bien ese conocimiento de nuestros límites, en mi opinión, ha de servir no para recrearnos en ellos, sino para intentar superarlos. Adquirir ese espíritu de superación es otro de los grandes triunfos a los que podemos aspirar, sabiendo que, aun así, siempre habrá límites que no podamos… o queramos transgredir. Y no circunscribiéndonos únicamente, como en lo expuesto hasta ahora, al terreno de lo físico, de nuestra habilidad como combatientes, sino también, y se me antoja mucho más importante, ampliando el ámbito de aplicación de tal conocimiento a cualquier otra faceta de la vida. Una vez trascendemos lo físico y consideramos otras vertientes mentales y anímicas inherentes a todo ser humano, se evidencia de forma todavía más palmaria que los “triunfos” y los “fracasos”, las “victorias” y las “derrotas”, no son ni mucho menos verdades absolutas, sino aspectos de una misma realidad que puede fácilmente convertirse en la otra dependiendo del ángulo desde el que la miremos. Pero para adquirir esta capacidad de poder apreciar desde distintas perspectivas las múltiples superficies de un mismo hecho, se torna imprescindible un alto grado de autoconocimiento, de exploración de nuestra propia personalidad. Siendo así, a mi modo de ver es también una gran victoria personal lograr autoconocerse hasta el punto de saber dónde trazar la raya a partir de la cual no queremos ir “más allá”, por el precio físico o psicológico que habríamos de pagar en ese empeño. En ocasiones, cuando la superación de nuestras ataduras entraña un sufrimiento demasiado grande, una vez sabido dónde está la frontera y que la podemos transgredir puntualmente si así lo deseamos, se me antoja masoquismo en estado puro forzarse a hacerlo de manera habitual. Por supuesto que, citando a Anaïs Nin, somos plenamente responsables de nuestras propias limitaciones; mas no encuentro nada malo en ello… siempre y cuando, por descontado, tengamos el valor de asumir esa responsabilidad. Considero que la vida es para intentar disfrutar de ella, no para convertirla en un constante sufrimiento en pro de llevar cada vez un poco más allá nuestras fronteras individuales. Es bueno familiarizarnos con ellas, recorrer su perímetro hasta conocerlo como la palma de nuestra mano, transgredirlas de cuando en cuando y saber que podemos hacerlo… y no por ello hemos de sentirnos culpables por decidir libremente permanecer de manera habitual al otro lado de la raya. Siempre y cuando, reitero, sepamos que somos capaces puntualmente de “cruzar la frontera” en caso de necesidad, y qué fronteras nos sería imposible cruzar de ningún modo. Ni que decir tiene que no es fácil llegar a ese grado de autoconocimiento: hace falta analizarse uno mismo con minuciosidad de relojero durante mucho tiempo, pelando capas de nuestro ego como si fuese una cebolla… y analizándolas con una franqueza brutal y no pocas veces dolorosa. Pero solo así podremos, precisamente, conocer nuestros límites para trascenderlos cuando sea menester.

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2 respuestas a Sobre fracasos y triunfos (I)

  1. userMadriz dijo:

    José María, muy buen artículo 🙂

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