Sobre fracasos y triunfos (y II)

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “opinión”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

Por poner un ejemplo, imaginemos un practicante de Eskrima que vive aislado en la montaña y tiene que ir con frecuencia a la población más cercana a entrenar y comprar provisiones. Un día se produce un corrimiento de tierras y el habitual camino que utiliza, el más cómodo y corto, queda cegado por una enorme roca granítica de colosales proporciones, tan alta como un bloque de un par de pisos. Hay tres posibles soluciones: trepar por la roca, rodearla… o hacerse con los suficientes explosivos y volarla en mil pedazos. La mejor, claramente, sería la última, que además beneficiaría adicionalmente a todo aquel que transitara por ese camino, pero… ¡oh cielos!, las autoridades no permiten utilizar explosivos en ese entorno, y además la roca se considera parte del paraje natural y está protegida por las leyes. No importa lo beneficioso que sería para la gente desmenuzarla y quitarla de en medio: el que manda, manda… y el legislador prefiere que la roca siga ahí estorbando. Descartada pues a la fuerza esta alternativa, le quedan al individuo la de trepar o rodear el obstáculo. Por su situación, lo más rápido y breve sería trepar por el peñasco, pues por su morfología no resulta complicado; además, rodearlo implica tener que descender por una incómoda trocha plagada de vericuetos que le haría gastar una enorme cantidad de tiempo y energía en sortear la barrera. Sin embargo, nuestro hombre padece acrofobia y no le gusta nada lo de trepar, de modo que, pese al coste personal que ha de pagar por su decisión, toma la determinación de rodear el obstáculo siempre que haya de pasar por allí. ¿Sería más meritorio “triunfar” sobre su miedo a las alturas, que además le va a reportar un enorme beneficio en forma de ahorro de horas y bríos, y subir cada vez que lo necesite por el peñasco? Indudablemente la respuesta es sí… pero, simplemente, decide que no le compensa pasar ese mal rato y prefiere dar el rodeo. Decisión a todas luces “ilógica”, “insensata”, falta del más elemental sentido del “valor”… pero humana, muy humana. Un buen día, en el pueblo, se declara un incendio en un edificio de cuatro plantas justo cuando este buen señor pasa por allí camino de su escuela. Desde el balcón de la cuarta planta una niñita no mayor de seis años pide auxilio desesperadamente. No hay nadie más cerca, y la escalera de la finca es impracticable por mor de las llamas; de modo que, sin pensárselo dos veces, empieza a trepar hasta donde la cría se encuentra utilizando las barandillas de las terrazas y ayudándose de una oportuna tubería que discurre por la fachada del inmueble. Está a punto de resbalar y caer varias veces, dado que la tarea es harto difícil. Llega hasta donde está la niña, se la carga encima y desciende del mismo modo. Abajo se ha congregado ya un nutrido grupo de curiosos, que se lanzan a felicitar al héroe del día. Entre ellos se encuentran varias personas que le conocen y saben de su vértigo, así como del rodeo que siempre da para llegar al pueblo y volver a su cabaña con tal de no trepar por la roca del camino, bastante más baja que el edificio del que acaba de descender y mucho más sencilla de coronar. Al expresarle su extrañeza por esto, el protagonista del rescate se limita a manifestar que con la roca, aunque sea penosa, tiene elección, pero que en esta tesitura… no había ninguna: o salvaba a la niña, o la veía abrasarse viva. Al volver a su hogar, como siempre hace… no duda en volver a rodear el peñasco del camino.

El caso anterior, aunque evidentemente “dramatizado”, está basado en un hecho real que vi hace bastante tiempo en un reportaje televisivo. Tanto el sujeto que rodeaba la roca como el que salvó a la niña eran la misma persona. Ni un cobarde por lo primero, ni un héroe por lo segundo. Ni “fracasaba” antes, ni ha “triunfado” ahora. Es nada más y nada menos que un ser humano, con sus virtudes y sus defectos… y, ¿por qué no?, con las contradicciones inherentes a nuestra especie. Como dije unos párrafos atrás, la psique humana es harto compleja, y no siempre podemos reducir las cosas a “si aguantas, aguantas siempre en todas las situaciones; y si no lo haces, no lo haces nunca en ninguna circunstancia”. Cada coyuntura es un mundo, y en mi opinión no podemos generalizar y reducir siempre cualquier eventualidad a una cuestión de “todo o nada”. Un tipo puede lanzarse desarmado sin dudar un instante a una pelea con un grupo que le supera en número y cuyos componentes, encima, van pertrechados con navajas, cadenas, bates de béisbol… y sin embargo se micciona encima ante la perspectiva de tener que asomarse a la barandilla de un décimo piso. Otro pasa sin despeinarse por un ventisquero nevado a miles de metros de altura sin atarse siquiera una cuerda de seguridad… pero se aterra si le dicen que coja un volante y dé una vuelta a la manzana. Un tercero se mete en una jaula con un nutrido grupo de tigres armado simplemente con un látigo… pero se desmaya cuando nota las patitas de una araña subiéndole por la pierna. Y así podemos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito. Ni cobardes, ni valientes, ni héroes, ni villanos: humanos, simplemente… humanos. Es por ello que pienso que no necesariamente el hecho de no “pasar por encima” de una limitación, en apariencia, de menor envergadura, significa que nos vamos a “rendir” y no vamos ni a movernos a la hora de reaccionar adecuadamente frente a una dificultad de mayor calado, que vamos a ser “derrotados” por la misma. Un reduccionismo tan maniqueo no se me antoja en absoluto acertado. Sinceramente, y reitero que es una opinión absolutamente personal, creo que una cosa no tiene nada que ver con la otra. El hecho de que me defeque en los pantalones cuando, pongo por caso, cruza por delante de mí una cucaracha, de que sufra esa suerte de “derrota” psíquica frente al artrópodo, no creo que sea óbice ni valladar que me impida, si puedo, obtener una aplastante “victoria” metiéndole la navaja por donde nunca da el sol al indeseable que pretendía enterrarla entre mis costillas. Y si algún día veo que uno de esos insectos que tanto pavor me causan trata de subir por la frágil pierna de mi bebé recién nacido, la aplastaré inmisericordemente incluso con la mano desnuda, a pesar del precio que pagaré en sudores fríos, náuseas y vómitos variados. La “linde” existe, pero si el motivo vale en mi opinión la pena puedo “vencer” el miedo a transgredir la frontera y “triunfar” sobre el mismo; si no lo juzgo así, ¿por qué he de sufrir, siempre que se me atraviese por enfrente un blátido, tal quebranto somático y mental simplemente para “demostrarme que puedo”? Basta con que me haya puesto a prueba una vez y haya comprobado mi aptitud para trascender ese límite llegado el caso; no estimo preciso estar constantemente haciéndolo, lo cual es una conducta que, a mi entender, me ratifico en que frisa con pulsiones masoquistas. Empero, insisto, para saber tanto de nuestros límites y de nuestra capacidad para rebasarlos si lo requerimos es menester un entrenamiento psicológico autoanalítico de una intensidad bastante complicada de lograr por lo doloroso que resulta… lo que no significa que debamos dejar de intentarlo, ni que decir tiene. La victoria más grande, la que requiere mayor valor para lograrla, suele ser oscura, y se produce las más veces en soledad y sin testigos. Porque es, paradójicamente… la que obtenemos sobre el peor de los enemigos que jamás tendremos enfrente: nosotros mismos. Y ya sé que soy cansino, pero reitero que es únicamente mi particularísima manera de ver esta materia.

Así pues, no creo que existan baremos categóricos a la hora de medir cuestiones como el valor o la cobardía, el arrojo o la pusilanimidad… ni, por supuesto, el triunfo o el fracaso. Ha habido siempre, y siempre habrá, victorias miserables y derrotas gloriosas. Y si aprendemos a sacar lecciones de nuestros presuntos fracasos, a usar nuestros yerros para ser un poco más sabios, para conocernos un poco mejor, tengo la firme convicción de que se puede decir, sin temor a equivocarnos, que estaremos en el camino adecuado para lograr la mayor de las victorias: ser consecuentes con nosotros mismos, aceptarnos y expresarnos tal cual somos, sin dejarnos influir por los criterios ajenos más que en su justa medida, tanto en lo tocante a nuestra dimensión de practicantes de AMF como, lo que es más importante… en cuanto a personas individuales, únicas e inimitables: un auténtico y fascinante universo en sí mismo todos y cada uno de nosotros.

Porque el mayor triunfo al que un ser humano puede aspirar es, según mi criterio, que se pueda poner en su lápida sin faltar a la verdad, como señero epitafio, un sentido y escueto “fue fiel a sí mismo”.

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