En su justa medida

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “opinión”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

No hace mucho intercambiaba opiniones por email con un amigo, el cual acababa de aprobar un muy meritorio examen de instructor de un popular estilo de artes marciales filipinas. Tras felicitarle por su logro, en un momento dado de la “conversación”, me comentó que su meta no era “mejorar”, sino simplemente “hacer su trabajo”, que se daba por satisfecho si ayudaba a mejorar a sus compañeros y que el resto son nada más “extras en el paquete”.

La verdad es que tal actitud y manera de enfocar sus entrenamientos no pudo por menos de hacerme reflexionar. Las artes marciales, aparte de constituir sistemas eficaces para preservar nuestra integridad física y la de nuestros seres queridos en caso de necesidad, suelen acabar deviniendo en métodos para lograr la forja de un carácter peculiar, una especie de vitola que muchas veces (que no todas) caracteriza y define a sus practicantes. Entre los rasgos que podemos hallar integrados en tal marchamo se halla sin duda en buena medida una cierta humildad, una modestia que impide al que de verdad las ha comprendido creerse que “ha llegado” a ningún lado; le hacen comprender que no son sino un camino eterno en el cual, una vez alcanzada cierta meta, se abren delante de nosotros otras tres nuevas sin solución de continuidad. El camino siempre sigue adelante, no acaba jamás… y así es como debe ser, máxime en sistemas tan fecundos y variopintos como son los filipinos: un sendero complejo y mudable, como compleja y mudable es en esencia la propia vida. La única constante en el universo es precisamente el cambio y, por tanto, intentar permanecer siempre anclado en un mismo punto, por satisfactorio que nos resulte, es condenarse a la inmovilidad del insecto atrapado en ámbar. Quizá muy bello en ese momento congelado en el tiempo en el que se halla suspendido, pero prisionero de la petrificada ataraxia de su brillante celda que siempre le impedirá alcanzar nuevos objetivos. Lo que no evoluciona ni cambia, en realidad, vale tanto como si estuviese muerto. Y, en mi opinión, no es esa muerte en vida lo que ha de guiarnos ni hemos de perseguir en nuestro camino marcial.

Sin embargo, y desde mi punto de vista, aun cuando un cierto grado de humildad sea sin duda saludable, tampoco debemos llegar a un punto donde la modestia sea tal que nos dé igual si “mejoramos” o no. Si el orgullo desmedido, el creer como dije antes que “hemos llegado”, es una trampa que nos lleva a la “muerte” como practicantes de artes marciales, en mi opinión no es menos falaz la indiferencia frente a la mejora, el que llegue a no dársenos un ardite de si progresamos o no. Soy de la opinión de que el intentar superarnos en la medida de nuestras posibilidades debe siempre formar una parte intrínseca e inseparable de nuestros entrenamientos, pues de lo contrario corremos el peligro de acabar, en esta ocasión por “defecto”, en el mismo punto que los que pecan por “exceso”, es decir, atascados en una especie de limbo autocomplaciente monolítico e imperturbable. En definitiva, tan “muertos” como los que se solazan en el onanismo narcicista del “ya lo sé todo y no tengo nada que aprender”.

El peligro tal vez radique en que el deseo de progresar, contrariamente a lo que se nos inculca casi desde que tenemos uso de razón en esta sociedad, no debería nacer de la competitividad, del afán casi obsesivo e insano de “superar a cuantos están a mi alrededor”. Más bien, desde mi punto de vista, su piedra angular debía ser simplemente el superarnos a nosotros mismos un poco más cada día, sin compararnos con nadie y siendo nuestro propio rasero. Tristemente, he visto en ocasiones “piques” malsanos entre compañeros de gimnasio, siempre mirándose de reojo con expresión desafiante e intentando ser “mejor” que el que tienen al lado. De forma indefectible, en mi experiencia personal, esta gente suele terminar de mala manera: o literalmente a tortas entre ellos, o abandonando tarde o temprano la práctica marcial cuando la tensión y el mal ambiente se tornan insoportables. En cambio, los que no se comparan con nadie y únicamente tratan de disfrutar de sus entrenamientos y hacerlo un poco mejor de lo que lo hacían el día anterior, suelen mantenerse entrenando toda la vida y, a la larga, logran mejores frutos y terminan alcanzando un desempeño físico y psíquico muy superior al que obtienen los “competitivos”. Los camaradas que son mejores que ellos son modelos que seguir, sujetos a los que emular, pero nunca rivales a los que superar. De alguna manera, me recuerda un tanto a la fábula de la tortuga y la liebre: los “competitivos” logran resultados muy rápidos, pero en general efímeros. Los que cultivan la autosuperación tardan más en conseguir logros patentes, pero una vez alcanzados perduran en el tiempo prácticamente de por vida.

Personalmente, encuentro mucho más atractiva esta segunda vía que la primera: como decía aquel refrán italiano, piano piano si arriva lontano. Vamos, lo que en castellano se suele expresar como “despacito y con buena letra”. En el camino de la práctica marcial, correr como alma que lleva el diablo, salvo casos de extrema necesidad (un militar que va a ser enviado en breve a una zona de conflicto, por ejemplo), no se me antoja una práctica cuyos dividendos resulten apetecibles. Y quedarse, por humildad o cualquier otro motivo, “petrificado” en un punto, sin que el tratar de mejorar nuestro desempeño sea una de nuestras metas, se me antoja igual de estéril y baldío. Citando a Aristóteles, la virtud se suele hallar siempre en el punto medio, en una zona equidistante de ambos extremos. Por tanto, a la hora de encarar nuestro aprendizaje y práctica, es bueno contar con mesura, templanza y fortaleza de ánimo para no dejar de progresar… aunque siempre al ritmo adecuado, sin dejarnos llevar por premuras ni hostilidades absurdas.

Todo ha de venir siempre… en su justa medida.

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