Magia

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “opinión”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

No sabes cómo ha sucedido.

Hace un segundo apenas, lo último que recuerdas de forma consciente es que tu compañero de entrenamiento, con el que estabas practicando combate, se abalanzaba sobre ti palo en ristre. Entonces algo sucedió en tu mente, algo que no puedes definir: ¿un chispazo, un cruce de cables, un interruptor que salta…? ¡Y tú qué diablos sabes! Mas la cuestión es que estás en pie, su arma ha salido despedida al otro lado de la sala, y tú contemplas estupefacto cómo tu camarada se levanta del suelo y te felicita. Has exhibido un timing perfecto, una ejecución impecable, una precisión soberbia. Poesía en movimiento. Pura y simplemente… magia.

De pronto, sientes como si todas esas piezas de rompecabezas que hasta ese día habían constituido tus entrenamientos, las que no conseguías hacer que conformasen una imagen con sentido, hubiesen encajado de pronto todas en su sitio y el cuadro se te mostrase en todo su magnífico esplendor. En ese instante de epifanía comprendes la profunda significación de los desplazamientos, de la angulación, de la mecánica corporal… Todo tiene su lugar y su porqué. Pero, ¡ay!, el momento es fugaz, y te pasas el resto del combate y todos los siguientes intentando en vano volver a repetir esa magia maravillosa, que ahora te vuelve a eludir dejándote un regusto a decepción impregnando tu boca. No obstante, aun así, ese día regresas a casa con una sonrisa bailando en tus labios, sabiendo que, si ha sucedido una vez… puede volver a suceder más veces.

Y es que, como decía aquel sabio proverbio, la paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces. Vivimos en una época de prisas, de quererlo todo y de quererlo ya. No son pocos los que se acercan a las artes marciales en general, y a las filipinas en particular, pretendiendo obtener una destreza sobresaliente… en apenas unas semanas de entrenamiento. Cuando comienzan las interminables repeticiones, los ejercicios de base infinitos, el volver a practicar las técnicas una, y otra, y otra, y otra vez más… la mayoría abandona. Pocos perseveran en ese árido camino, en una senda que parece larga, sin final a la vista y sin otra recompensa en el día a día que el frustrante sentimiento de que cada vez lo haces peor. Porque, desengañémonos, cuanto más practicas, cuanto más serio y comprometido es tu entrenamiento, más a menudo te acomete esa desazón, esa vocecilla interna que te escarnece de continuo con sus pullas acerca de lo inútil que eres y de tu risible pericia.

Sin embargo, hay asimismo quienes hacen caso omiso a las chanzas de la vocecilla, quienes se empeñan en creer que todo ese cúmulo de repetitivos y cansinos ejercicios sirve, ha de servir, para algo. Una minoría que intuye nebulosamente el gran secreto que rodea las habilidades de esos fuera de serie; esos privilegiados que parecen fluir como el agua y moverse con la elegancia de un bailarín; esos que, emulando a un Alí con palo, flotan como una mariposa y pican como una avispa. Un secreto que radica, precisamente… en que no hay secreto alguno.

Y están en lo cierto.

Los grandes eskrimadores, las leyendas de las AMF, nunca han estado tocados por la gracia de ningún ser divino, no son semidioses ni furias de la Naturaleza encarnadas. Son seres humanos de carne y hueso como otro cualquiera, sí. Lo único que los diferencia es que poseen la tenacidad necesaria para superar el desaliento y continuar por esa vereda de aspecto lóbrego y baldío, de aburridas e interminables repeticiones. Esa misma vía tan engañosamente yerma que casi todos los amantes del “todo y ya” abandonan en las primeras jornadas del viaje… sin siquiera haber atisbado cuál era su auténtico final. También ellos, esos a los que se suele denominar “grandes maestros”, un buen día, pasaron por ese momento mágico en que las teselas del mosaico encajaron en su sitio y les permitieron atisbar la belleza del conjunto. Y seguro que también sintieron que se les escapaba entre los dedos tal comprensión, y pensaron que jamás iban a lograr repetir nada semejante. Porque no hay nada nuevo bajo el sol, y todo se repite siempre en un ciclo eterno para que el camino siga adelante, con la única diferencia de quiénes lo van transitando. Y así generación tras generación. Vida tras vida.

Lo más curioso quizá sea que, a partir de ese primigenio y fugaz instante de “estado de gracia”, se obran otros cambios igualmente “mágicos” en tu entrenamiento: el camino ya no te parece tan angosto y desolador; las interminables repeticiones ya no se te antojan tan interminables; aquello a lo que antes no le encontrabas sentido lo empieza a cobrar; las pullas de la vocecilla, aun siguiendo ahí, aun cuando sabes que nunca desaparecerán, te mortifican cada vez menos y te sirven de acicate para acrecentar tu tesón y perseverancia… hasta que, de forma inopinada y tan portentosa como sucedió en aquella jornada, puede que semanas o meses después, la magia aparece una segunda vez. Y tarda menos en asomar la cabeza en una tercera ocasión, y menos en la cuarta, y en la quinta… hasta que sientes que está dentro de ti, que esa “magia” que en su día eras incapaz de reproducir o siquiera de definir, forma ahora parte de tu ser. ¡Pero cuidado!: no te confíes y abandones el camino, porque igual que vino, la magia tiene la costumbre de despedirse de quienes son negligentes a la hora de continuar el viaje por la antaño larga y tortuosa senda… la cual, en un último prodigio, no te parece hogaño árida, baldía ni lóbrega, sino más bien una vieja amiga que ha estado contigo más tiempo del que puedes recordar.

Una transformación que es sencillamente… magia.

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