Lecciones inesperadas

por Jose María Carrasco

Esto es un artículo de “opinión”. Recordamos que los artículos de “opinión” y, hasta cierta medida, los de “información”, manifiestan nada más EL PARECER PERSONAL Y LAS REFLEXIONES DE QUIEN LOS FIRMA, y ni mucho menos intentan pontificar ni sentar cátedra sobre ninguna materia en absoluto. No tienen por qué reflejar los pensamientos o criterios del resto de los instructores de la Asociación o de la propia Asociación en sí, sino exclusivamente los de su autor.

Ha muerto Germán Areta.

Lo más probable es que ese nombre no le diga nada a los más jóvenes o a quienes no sean aficionados al cine patrio. Porque, en realidad, Germán Areta no existe, nunca ha existido realmente ni existirá jamás… salvo en el celuloide: es un personaje de ficción creado hace ya tres décadas largas. Quien ha muerto hace un par de días ha sido Alfredo Landa, el genial actor que dio vida al personaje antes citado en dos, desde mi punto de vista, magistrales películas de Jose Luis Garci: El crack y El crack 2.  Advierto que esta entrada de hoy en el blog va a divagar bastante, sobre todo en este comienzo. De manera que aquellos que no estén interesados en asuntos que no se hallan directamente relacionados con las AMF, y que únicamente tienen que ver con los pareceres cinematográficos personales del que esto suscribe, lo mejor será que dejen ya el artículo porque me temo que se van a aburrir de lo lindo con el mismo. Avisados quedáis, que el que avisa…

Bien, una vez hecha la advertencia para que nadie se llame a engaño, os confesaré que, para mí, Alfredo Landa nunca fue el de Vente a Alemania Pepe, o cualquier otra película de ese género que, en honor a él, se bautizó como “landismo”. No señor, ni mucho menos. No sé si he comentado en alguna ocasión que, en lo que a mí respecta, hay actores que han dado vida con tal maestría a un personaje que es inconcebible imaginar siquiera que dicho personaje sea encarnado por nadie más. Por poner un ejemplo, desde mi punto de vista Harrison Ford, muy por encima de Indiana Jones o de cualquier otro de sus papeles, será siempre Han Solo. Quizá por el impacto que en aquel preadolescente de trece años causó en su día una película en la que, a fuer de sincero, esperaba aburrirse soberanamente… y que nada más apagarse las luces y ver aquel interminable destructor estelar persiguiendo a la navecilla que, en la escena inicial, trata inútilmente de escapar, quedó cautivado por una fascinación indescriptible. Ese contrabandista socarrón y en apariencia materialista hasta la médula el cual, tras su cínica fachada de individuo de vuelta de todo, oculta un corazón de oro que, aun presentido, no sale a relucir hasta que el Halcón Milenario aparece para salvar el día en el ataque final a la Estrella de la Muerte, era sin duda una genialidad, un hallazgo maravilloso de aquella época en que George Lucas sabía crear magia, antes de que se le fuese por completo la cabeza. Y Harrison Ford lo encarnaba a la perfección, Harrison Ford ERA Han Solo. Pues bien, en mi corazón y mi mente, Alfredo Landa ha sido, es y será por siempre Germán Areta, el protagonista de las dos películas antes citadas. Areta, sí, un detective bajito, hosco, aquejado de una patológica incapacidad para sonreír porque anda mucho, duerme poco y lo que ve… lo que ve no le gusta nada.

Llegados a este punto, muchos os estaréis preguntando qué tiene todo esto que ver con las artes marciales en general y con las filipinas en particular. Pues bien, nada… y todo. Porque si hay algo que he aprendido en la vida es que, si sabemos abrir los ojos y tenemos la mente despierta, podemos sacar valiosísimas lecciones de donde menos nos podíamos esperar. Volvamos pues con don Germán, y retrotraigámonos al comienzo de El crack 2, a una escena en la que va a recoger  su coche a un aparcamiento y se lo encuentra “okupado” por tres yonquis que se niegan a abandonarlo. En una demostración de carácter digna de todo encomio, presenciamos entonces cómo Areta es un sujeto capaz de, sacando un bidón del maletero, rociar de gasolina su propio coche, encender un mechero y decir simplemente “largo” con una frialdad glacial que asusta. Asusta mucho. Muchísimo. Y cuando uno de los yonquis se atreve a bajar y trata de amenazarle con una navaja, ha sabido colocarse a la distancia justa de la puerta como para emprenderla a patadones con ella y que golpee una y otra vez al yonqui, quebrando muy posiblemente, a juzgar por cómo cae sujetándose el pecho, alguna que otra costilla. Sí, vale, más tarde aclara que no era gasolina sino agua… pero en ese momento, Alfredo nos convence a todos los espectadores de que se trata de petróleo refinado altamente inflamable, haciendo que un escalofrío nos recorra la columna vertebral cuando saca el mechero y surge la llama. Simplemente impresionante cómo lo borda ese actor que, en teoría y hasta aquel momento, de cara a la inmensa mayoría de la población de este país, “únicamente servía” para hacernos reír cuando interpretaba al arquetípico “macho man” hispano que iba de cabeza persiguiendo suecas. Chapeau y mi más rendida ovación para usted, señor Areta o, lo que es lo mismo… don Alfredo, que tanto monta, monta tanto.

¿Lecciones que podemos sacar de esto? A mi parecer, dos muy claras que no se me antojan moco de pavo. La primera es que, si bien en las AMF nos preparamos continuamente para situaciones de confrontación, con tranquilidad, sangre fría y la actitud adecuada, podemos soslayar siempre la mayoría de esas coyunturas. Y la segunda que cuando, pese a nuestros esfuerzos, la violencia resulta inevitable, habernos sabido posicionar adecuadamente nos ayudará a minimizar los riesgos y maximizar el efecto de lo que hagamos, optimizando de esa manera las posibilidades de salir incólume o con el mínimo daño posible de la desdichada circunstancia.

Es curioso, en conclusión, cómo el entrenar nuestra materia gris con el fin de ir siempre atento y saber mirar con otros ojos lo más cotidiano, hasta quizá un simple film, nos puede reportar beneficios nada baladíes ni desdeñables de cara a nuestra actividad marcial y, lo que tiene mayor trascendencia, nuestra vida en general. Y eso se me antoja más importante que saber y ser capaz de poner en práctica setenta y dos maneras diferentes de quebrar un brazo, o catorce de tronchar un cuello. Eso es habilidad física obtenida, qué duda cabe, a base de una práctica diligente, dura y constante; sin discusión meritoria… aunque creo sinceramente que inútil y hasta incluso peligrosa si no va acompañada siempre de una mente muy bien adiestrada para ser sensata, racional y estar, como se suele decir, bien amueblada.

Hasta siempre, Germán. Hasta siempre, don Alfredo. Muchas gracias por sus lecciones.

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